jueves, 24 de marzo de 2011

miércoles, 16 de marzo de 2011

los pocillos

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.
“Negro con rojo queda fenomenal”, había sido el consejo estético de Enriqueta.
Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
“El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana.
La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo.” Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.
La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. “¿Qué buscás?”, preguntó ella. “El encendedor.” “A tu derecha.” La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. “¿Por qué no lo tirás?” dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. “No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana.”
Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado en encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias.
Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
“Este mes tampoco fuiste al médico”, dijo Alberto.
“No.”
“¿Querés que te sea sincero?”
“Claro.”
“Me parece una idiotez de tu parte.”
“¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos.”
En la época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido un especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.
“De todos modos debería ir”, apoyó Mariana. “Acordate de lo que siempre te decía Menéndez.”
“Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree En Milagros. Yo tampoco creo en milagros.”
“¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano.”
“¿De veras?” Habló por el costado del cigarrillo.
Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido —sinceramente, cariñosamente, piadosamente— protegerlo.
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue u temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.
Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.
“Que otoño desgraciado”, dijo, “¿Te fijaste?” La pregunta era para ella.
“No”, respondió José Claudio. “Fijate vos por mí.”
Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda.
Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. “Gracias”, había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
“Y ayer estuvo Trelles”, estaba diciendo José Claudio, “a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme.”
“También puede ser que te aprecien”, dijo Alberto, “que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte.”
“Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo.” La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.
Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
“Ahora sí podés calentar el café”, dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.
Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia.
Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.
Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
“No lo dejes hervir”, dijo José Claudio.
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: “No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo.”

M. Benedetti

la moraleja es un tanto obvia no?

martes, 15 de marzo de 2011

una al menos


bueno al fin y al cabo la vida me guiño un ojo, me hizo media sonrisa, me saludo desde lejos, no se cruzo de vereda para esquivarme, me dio la hora, etc etc etc... esta bueno dentro de todo el malestar sentimental estar sentado adelante de unos pibes/amigos grosos que depositan una minima/inmensa confianza en vos antes que en otros y por mas que no sea la gran cosa a comparacion con lo que realmente quiero para mi, algo es algo, es un aire distinto, es cuando la vida t descoloca un toque del ritmo habitual y medio como que corres un riesgo y t da miedo pero a su vez estas a la expectativa de que lo nuevo tbn puede ser bueno, la responsabilidad, cumplir, SER, VIVIR... y no solo permanecer y hacer cosas por inercia o porque t lleva la corriente, dar un paso al vacio sin saber si vas a apoyar el pie en algun lado o te vas a caer. capaz q estoy exagerando demasiado sobre un tema que para otros seria... poca cosa, pero a mi me hace sentir bien! asique no me rompan las pelotas. chau, se lo conte al blog (?)

ah si... arcade fire es solo musica de fondo. puedo colgar cosas sin relacionarlas alguna vez no?

me gustaria

ser feliz por al menos 10 dias seguidos y dejar de sentirme para el orto despues de pasar 2 o 3 dias practicamente en el limbo
me gustaria que las 6... 7 personas q elijo dia a dia piensen como yo en las cosas mas significativas
me gustaria que esas personas tengan CODIGOS
me gustaria dejar de recibir todo el tiempo lo que creo no merecer
me gustaria sentir que las virtudes y cosas buenas que tengo alguien las valora
me gustaria que de una buena vez por todas nos saquemos las caretas
me gustaria que todo el puto mundo deje de elegir el camino facil de la mentira
me gustaria no ser tan desconfiado
me gustaria no ser tan paranoico
me gustaria dejar de querer ser el mejor en todo si en definitiva se que no hago ni un puto esfuerzo para serlo
me gustaria encontrar un punto medio entre sentirme un gusano y sentirme dios
me gustaria que las piezas encajen
me gustaria que se me den algunas cosas que quiero, no pido que la vida me sonria todo el tiempo pero que al menos no me haga un fuck-you
me gustaria que cada tanto se desordenen las piezas para que me de placer verlas encajarse nuevamente
me gustaria que este invierno cuando me haga un cafe a la noche tenga con quien hablar, a quien abrazar con la luz apagada y el fuego prendido
me gustaria sentir que alguien me mira y me vuelvo transparente y que no me de miedo
me gustaria sentir que miro a alguien y no hace falta que me ponga en modo superman para ver a traves de esa persona
me gustaria que este año sea redondo no en cuando a logros sino en cuanto a sentimientos y crecimiento
me gustaria un mundo sin cosas malas
me gustaria una mujer a quien tenga como paradigma y ejemplo a seguir, que me haga sentir obligado a ser mejor para estar a su altura
me gustaria volver el tiempo atras
me gustaria leer mentes
me gustaria tener una camara analogica que haya prestado sus servicios por 30 años y que quiera jubilarse pero seguir sacando fotos por hobbie
me gustaria saber mas de musica, de cine, de literatura y arte
me gustaria que alguien se desviva por mi
me gustarian muchas cosas mas

pero por ahora mas me gustaria dejar de escribir en esta entrada todas las cosas que me gustarian que pasen y a cambio intentar dormir un rato....



domingo, 13 de marzo de 2011

el tango perjudica seriamente la salud sentimental

sábado, 12 de marzo de 2011

lo que esperamos

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfinteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavia pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizas, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
no cajas de caudales,
ni perchas desoladas,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca
y despedaza los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo,
que todas las riquezas se encuentran en nosotros
y no bajo la tierra.

Y entonces...
Ah! ese día abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.

O. Girondo



viernes, 11 de marzo de 2011

jueves, 10 de marzo de 2011

insano

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algunas ventanas te llevan muy al borde del abismo



.

martes, 8 de marzo de 2011

cold silence

no me pregunten porque... pero a veces pienso q dentro de cada segundo q vivimos se abre una brecha de tiempo en la que pasan miles de cosas, lentamente, no se si se logra con concentracion, apertura mental, mucho foco o drogas interestelares... pero pasa, empezas a ver las cosas a lo matrix, las piezas encajan, las cosas se relacionan, todo es real, con argumentos validos o sin ellos, no hay que justificar nada, las cosas son "porque si" pero ese porque si es la cortina que oculta en la propia inconciencia las cosas que viviste que te hicieron llegar a esa/s verdad/es. por lo general me pasa en los momentos intermedios entre estar despierto y estar dormido y puede tener caracteristicas positivas o negativas... puedo asegurar que las negativas literalmente t pueden cagar la vida... mas todavia cuando "las cosas encajan" de cierta forma rotundamente hiriente y dañina (para mi) y despues terminas soñando algo relacionado con esa verdad recien descubierta, t despertas y si no estas llorando pega en el palo... cosas asi llegan a arruinarme dias y dias enteros... cosa que a veces me enorgullece y a veces no tanto, y termino deseando ser un ciego de mierda como asi lo es un alto porcentaje de esta sociedad que solo ve a 2m de distancia... pero no viene al caso agarrarmelas con la sociedad, la masa, y la pelotudez galopante que ya me canse de criticar y criticar inutilmente... vuelvo a decir, a veces me gustaria no percibir ciertas cosas, q mi inconciente no las guarde o que las guarde pero q queden ahi tapaditas donde estan, por algo las reprimi! igual... sea como sea que terminen las cosas, sea lo que sea que me depare el destino, se que a fin de cuentas voy a estar orgulloso de lo que soy, de mis verdades y de mis modos.






sábado, 5 de marzo de 2011

fragmentos II

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Sabes lo que te pasa?. No tienes valor. Tienes miedo!. Miedo de enfrentarte contigo misma y decir: Está bien, la vida es una realidad.Las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Tú te consideras un espiritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula.Bueno nena! Ya estás en una jaula. Tú misma la has construido, y en ella seguirás vayas a donde vayas porque no importa a donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma

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Le creí, era demasiado implausible para no ser cierto…

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-¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo?
-¿Color rojo? Querrá decir negro.
-No, se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.

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-Holly, estoy enamorado de ti.
-Y qué.
-¿Cómo que y qué? ¿Qué preguntas haces? Te quiero, y me perteneces.
-No. Las personas no pertenecen a nadie.
-Claro que sí.
-No dejaré que nadie me ponga en una jaula.
-No quiero ponerte en una jaula, quiero quererte.
-Es lo mismo.

/que distinto suenan el "you belong to me" y su traduccion "me perteneces", no?
.


jueves, 3 de marzo de 2011

alquien

Alguien que cuando me ponga borracha me lleve a casa en brazos.
Que me rompa las medias con la boca y luego me compre otras.
Que me haga el amor contra la pared y se meta conmigo en la bañera.
Que se pierda a mi lado para después rescatarme de laberintos sin sentido.
Que saque la espada y me defienda de víboras, pirañas y putas.

Alguien que cosa disfraces a mis días malos y los convierta en buenos.
Que no se enfade si no me entiende, ni me entiendo y lo mareo.
Que me saque la lengua cuando me ponga tonta y me haga enmudecer.
Que no de por hecho que siempre voy a estar ahí pero que tampoco lo dude.
Que no me haga sufrir porque sí pero que no me venda amor eterno manoseado ni me lo ponga fácil..

Alguien que no pueda caminar conmigo por la calle sin cogerme de la mano.
Que no me compre con regalos pero que tenga mil detalles de papel.
Que no le guste verme llorar y que me haga reir hasta cuando no tengo ganas.
Que de vez en cuando decida perseguirme por los bares y conocerme otra vez.
Que me mire, lo mire, y me tiemblen las piernas sin remedio.

Alguien que esté loco por mí, y no se olvide de decírmelo los días de resaca.
Que si se pone animal, sea solo en la cama, y me mate a besos por la mañana.
Que no se acostumbre a mí y deje de inventar nombres nuevos para despertarme.
Que si mira a otra, luego me guiñe un ojo, y se ría de mis celos de hojalata.
Y sobre todo que no tenga que perderme para darse cuenta de que me ha encontrado.



si bueno, no soy mujer, no pretendo que me arranquen las medias ni me defiendan de víboras... pero se entiende no? ok